Artur Mas cree que el daño a Jordi Pujol ya está hecho

El escenario político catalán atraviesa un proceso de introspección donde las figuras del pasado vuelven a proyectar su sombra sobre el presente. Artur Mas, quien fuera sucesor directo de la hegemonía convergente, ha compartido una visión analítica sobre el estado actual de la reputación de Jordi Pujol. Según Mas, la percepción social sobre el expresidente ya ha pasado por su filtro más severo, sugiriendo que el estigma público ha alcanzado un nivel de saturación tal que cualquier fallo judicial venidero difícilmente alterará la imagen consolidada en el imaginario colectivo.

La resiliencia del legado político frente al juicio social

Para Mas, el veredicto de la calle se adelantó años a los tiempos de los tribunales. En sus recientes declaraciones, subraya que el impacto reputacional negativo contra la familia Pujol ya se ha materializado en su totalidad. Esta tesis sostiene que, independientemente de si existe una sentencia condenatoria por presunto enriquecimiento ilícito, la figura de Pujol está iniciando una fase de rehabilitación histórica impulsada por la perspectiva que otorga el tiempo.

El argumento central de Mas se apoya en la distinción entre las faltas personales y la construcción institucional. Aunque reconoce que se cometieron errores significativos —los cuales el propio Pujol admitió en su momento—, considera que la dimensión política del expresidente está recuperando el peso que le corresponde. Este fenómeno de separación entre el «hombre» y el «estadista» es lo que, a su juicio, permitirá que las futuras generaciones valoren la obra de gobierno por encima de las controversias judiciales.

Cuestionamientos a la sensibilidad del sistema judicial

Uno de los puntos más críticos en el discurso de Artur Mas ha sido el trato recibido por Pujol durante el proceso legal, especialmente tras su exoneración por deterioro cognitivo. Mas no ha dudado en calificar de injusta la rigidez administrativa que obligó a una persona de avanzada edad y salud delicada a desplazarse a Madrid para someterse a exámenes médicos forenses. Esta situación genera en el expresidente una mezcla de sensaciones encontradas:

  • Alivio humano: Por evitarle a Pujol la exposición y el desgaste de un juicio que su estado de salud no le permitiría afrontar con garantías.
  • Frustración ética: Al considerar que se le ha privado del derecho a defenderse y explicar su versión de los hechos en sede judicial, algo que el propio investigado deseaba realizar.
  • Crítica institucional: Una denuncia a lo que percibe como una falta de empatía por parte de los estamentos judiciales del Estado.

El retorno al pragmatismo: ¿Hacia una nueva Convergència?

Más allá del ámbito judicial, Mas analiza la evolución interna de Junts per Catalunya. El expresidente observa una tendencia creciente dentro de la formación hacia la recuperación de las metodologías que caracterizaron a la extinta Convergència i Unió (CiU). Según su análisis, no se trata de una nostalgia vacía, sino de una necesidad estratégica de recuperar un «mecanismo que funcione al 100%».

Esta deriva hacia formas de hacer política más pragmáticas y centradas en la gestión eficiente parece ganar adeptos en las filas actuales. En cuanto a su posición personal, Mas mantiene una relación de respeto y cordialidad con Carles Puigdemont, pero descarta de forma tajante un regreso a la primera línea política. Su enfoque actual se centra en el acompañamiento y la mentoría de liderazgos locales, un rol de influencia indirecta que pretende consolidar de cara a los retos electorales de 2027.

En definitiva, la lectura de Mas propone un cierre de ciclo donde el legado de Pujol deja de ser un lastre electoral para convertirse en un objeto de estudio histórico, mientras que el espacio político que ambos lideraron busca en sus raíces las herramientas para redefinir su utilidad en la Cataluña del futuro.