Exigen a Sánchez retirar a Milans del Bosch del Alcázar

La reciente iniciativa gubernamental para arrojar luz sobre los pasajes más oscuros de la transición española ha chocado con una demanda física y simbólica inmediata. Mientras el Ejecutivo de Pedro Sánchez se prepara para abrir los archivos secretos del intento de golpe de Estado del 23-F, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) ha puesto el foco en una contradicción que consideran insostenible: la permanencia de los restos del general Jaime Milans del Bosch en un edificio de titularidad pública como el Alcázar de Toledo.

El Alcázar de Toledo: El último bastión simbólico de un golpista

Para la ARMH, el anuncio de desclasificación de documentos es un avance necesario pero incompleto si no se acompaña de acciones concretas sobre el terreno. La organización sostiene que mantener enterrado con honores a uno de los cerebros del 23-F en un espacio que hoy alberga el Museo del Ejército contraviene el espíritu y la letra de la Ley de Memoria Democrática. Milans del Bosch, quien fue condenado a 26 años de cárcel por su papel en la asonada militar de 1981, descansa en una cripta debido a su participación juvenil en la defensa del Alcázar durante la Guerra Civil, un privilegio que la asociación considera «incompatible con la salud democrática» de un Estado moderno.

El contraste es evidente: mientras el Gobierno asegura que la memoria «no puede estar bajo llave», la ARMH recuerda que existen figuras de la dictadura y del golpismo que siguen ocupando espacios de honor. La solicitud formal, registrada recientemente en la Presidencia del Gobierno, exige que se deje de proteger la figura de un militar que reincidió en el levantamiento contra el orden constitucional establecido.

Transparencia informativa frente a la destrucción de archivos

Más allá de la exhumación, el debate abierto por la ARMH introduce un matiz crítico sobre la calidad de la información que será desclasificada. La asociación ha instado al presidente Sánchez a ser honesto con la ciudadanía sobre el estado real de los fondos documentales. No se trata solo de abrir los archivos, sino de auditar qué se ha perdido por el camino.

  • Material audiovisual desaparecido: La ARMH pide que se detalle qué grabaciones del 23-F fueron destruidas o permanecen ocultas fuera del control estatal.
  • La «trituradora» del Estado: Denuncian que tras la muerte de Franco se eliminaron sistemáticamente millones de folios que acreditaban violaciones de derechos humanos.
  • Ley de Secretos Oficiales: Critican que España siga rigiéndose por una normativa de 1968, diseñada precisamente para proteger a las élites del régimen anterior.

Un perfil marcado por la insurrección: De 1936 a 1981

La trayectoria de Milans del Bosch es el reflejo de una facción del ejército que nunca terminó de aceptar la democracia. Su vínculo con el Alcázar de Toledo nació en 1936, cuando siendo cadete participó en su defensa frente al asedio republicano. Ese episodio le otorgó un estatus de «héroe» dentro del bando sublevado, lo que le permitió, décadas después, ser inhumado en su cripta bajo un reglamento interno del patronato que gestiona el recinto.

Sin embargo, su legado más recordado es el de la noche del 23 de febrero de 1981, cuando sacó los tanques a las calles de Valencia, declarando el estado de excepción y desafiando la autoridad del Rey y del Parlamento. A pesar de esta traición a la Constitución, su entierro en 1997, durante el mandato de José María Aznar, se realizó en un espacio público alegando derechos adquiridos durante la contienda civil.

El reto de una memoria sin zonas de sombra

La conclusión de los defensores de la memoria histórica es tajante: la democracia española no podrá «saldar su deuda histórica» mientras los restos de quienes intentaron derribarla sigan recibiendo reconocimiento institucional. La ARMH señala que mientras miles de víctimas del golpe de 1936 permanecen en fosas comunes sin identificar, un golpista convicto como Milans del Bosch goza de la protección de las murallas del Alcázar.

El desafío ahora recae sobre el Ministerio de Defensa y la Presidencia. La desclasificación de los documentos del 23-F es un paso hacia la verdad jurídica e histórica, pero la presión social indica que la verdadera normalización democrática exige también una limpieza de la simbología física que aún sobrevive en los edificios del Estado.