Militares fijaron dos fechas para un golpe tras el 23-F

La narrativa oficial de la Transición española a menudo presenta el fracaso de Antonio Tejero el 23 de febrero de 1981 como el punto final del ruido de sables. Sin embargo, documentos recientemente desclasificados dibujan un panorama mucho más inquietante: la sombra de la insurrección militar persistió con fuerza, articulando planes precisos para derrocar el orden constitucional en fechas clave de 1981 y 1982. Estos archivos exponen una estrategia de conspiración latente que consideraba a la Corona no como una salvaguarda, sino como un obstáculo directo a eliminar.

La Operación Halcón: El asalto planeado para las vísperas electorales

Uno de los hallazgos más reveladores de la documentación es la denominada Operación Halcón. Lejos de ser una improvisación, este plan fijaba el 27 de octubre de 1982 como el momento idóneo para actuar. La elección de esta fecha no era casual: se trataba de la jornada de reflexión previa a las elecciones generales que llevarían al PSOE al poder. Los golpistas buscaban aprovechar la vulnerabilidad logística de los líderes políticos, quienes se encontrarían en sus domicilios privados, facilitando su localización y captura.

El esquema operativo de esta ofensiva incluía:

  • Un inicio simultáneo coordinado entre las 5:00 y las 6:00 de la madrugada para maximizar el factor sorpresa.
  • El control absoluto de las redes de telecomunicaciones y radiofrecuencia en todo el territorio nacional.
  • La intervención y censura inmediata de los principales medios de prensa escrita.
  • El despliegue de unidades estratégicas en Madrid y otras regiones militares clave para bloquear cualquier respuesta defensiva.

El monarca en el punto de mira: De árbitro a ‘objetivo a batir’

Si en febrero de 1981 los sublevados esperaban un gesto del soberano, los planes posteriores revelan un cambio de paradigma radical. El anonimato de los manuscritos ahora públicos describe a Juan Carlos I como el principal enemigo de la causa involucionista. Los conspiradores sugerían mantener una fachada de lealtad institucional y respeto a la Constitución únicamente como una táctica de distracción, mientras en privado calificaban al monarca como un objetivo que debía ser anulado políticamente.

Incluso se barajó la festividad de su onomástica, el 24 de junio de 1981, como una ventana de oportunidad. La concentración de todo el Gobierno y la cúpula del Estado en el Palacio Real replicaba las condiciones de aislamiento del Congreso durante el 23-F, aunque los documentos advierten que la presencia de embajadores y el cuerpo diplomático internacional suponía un riesgo de imagen exterior que frenó la ejecución inmediata.

Operación Diana y el ‘golpe a la turca’

Dentro del entramado de la inteligencia militar de la época, figuras como el general González del Yerro y el comandante José Luis Cortina aparecen vinculadas a la planificación de un «golpe a la turca». Este modelo de intervención buscaba la supresión total de los partidos políticos y la disolución de los entes autonómicos, instaurando un régimen de control militar bajo una supuesta pátina de necesidad institucional.

La llamada Operación Diana detallaba con precisión quirúrgica la creación de grupos de asalto específicos, denominados «F», cuya misión exclusiva era la neutralización de los pilares del Ejecutivo. En la lista de personalidades a silenciar se encontraban nombres fundamentales para la democracia:

  • El entonces presidente del Gobierno y sus ministros de Defensa e Interior.
  • Líderes de la oposición como Felipe González y Santiago Carrillo.
  • Incluso figuras del espectro conservador como Manuel Fraga, cuyo sector civil más próximo era vigilado de cerca por los conspiradores.

Un sistema bajo vigilancia constante

Estos informes subrayan que el periodo comprendido entre 1981 y finales de 1982 fue una etapa de tensión subterránea donde la supervivencia del sistema parlamentario dependió de un equilibrio precario. Los contactos secretos a través de cabinas telefónicas, el uso de nombres en clave y la organización de centros clandestinos de información demuestran que el sector más reaccionario del ejército no se dio por vencido tras el fracaso de Tejero, sino que profesionalizó su insurgencia.

En conclusión, la desclasificación de estos archivos obliga a reescribir la historia de la estabilidad democrática en España. Lo que durante décadas se consideró un periodo de consolidación pacífica fue, en realidad, una carrera de obstáculos contra una maquinaria militar que ya tenía fijadas las fechas y los métodos para una segunda, y quizás más sangrienta, intentona golpista.