El fallecimiento de Antonio Tejero Molina, ocurrido este miércoles en Valencia a la edad de 93 años, supone la desaparición física de una de las figuras más controvertidas de la Transición Española. El exteniente coronel de la Guardia Civil, cuya imagen con bigote y tricornio quedó grabada en la memoria colectiva del país, fue el principal ejecutor del intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, una acción que puso al borde del abismo al sistema democrático recién instaurado.
El fin de un ciclo para el símbolo de la insurrección
Nacido en Málaga en 1932, la vida de Tejero estuvo ligada indisolublemente al estamento militar y a una visión ultraconservadora de la nación. Su muerte en territorio valenciano cierra un ciclo histórico marcado por la resistencia a las reformas democráticas de finales de los años 70. Aunque fue condenado a la pena máxima de 30 años de prisión por rebelión militar, el exoficial solo permaneció en la cárcel la mitad de ese tiempo, obteniendo su libertad definitiva en 1996.
Su salida de prisión no significó un silencio absoluto, aunque sus apariciones públicas fueron quirúrgicas y siempre cargadas de un simbolismo político vinculado a la extrema derecha y a la nostalgia por el régimen anterior.
La génesis del golpista: Más allá del 23-F
Para entender el papel de Tejero en 1981, es necesario mirar hacia atrás, concretamente a la Operación Galaxia de 1978. Este fue su primer ensayo de asonada militar, un plan frustrado que pretendía tomar el Palacio de la Moncloa mientras el Rey Juan Carlos I se encontraba de viaje oficial. A pesar de la gravedad de este complot, las consecuencias legales fueron mínimas en aquel momento, permitiéndole mantener su posición dentro de la Guardia Civil y organizar lo que años después sería su asalto más famoso.
- Ingreso en el Instituto Armado en 1951.
- Condena previa de siete meses por la Operación Galaxia.
- Radicalización ante la legalización del PCE y el Estado de las Autonomías.
Diecisiete horas de secuestro en la Cámara Baja
A las 18:23 horas de aquel histórico 23 de febrero, España se detuvo. Bajo el grito de «¡Quieto todo el mundo!», Tejero interrumpió la sesión de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo. Lo que siguió fue un despliegue de violencia simbólica y real, con disparos al techo del hemiciclo y la orden tajante de que los representantes de la soberanía nacional se tirasen al suelo.
La resistencia física de figuras como Adolfo Suárez, el general Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, quienes se negaron a doblegarse ante las armas, contrastó con la tensión que se vivía en las calles. Durante casi un día completo, el destino de España dependió de las negociaciones en la sombra y, finalmente, del discurso televisado del monarca, que desautorizó a los golpistas y reafirmó el orden constitucional.
Un retiro marcado por la ideología
Tras cumplir su condena, Tejero optó por un perfil bajo, pero no por el arrepentimiento. Sus escasas intervenciones fueron a través de misivas y denuncias judiciales contra lo que él consideraba la «desmembración de España». Desde críticas feroces a los estatutos de autonomía hasta ataques directos contra los gobiernos de Pedro Sánchez por sus pactos con el independentismo, el exmilitar nunca abandonó su retórica de «salvador de la patria».
Su última aparición mediática relevante ocurrió en 2019, durante la exhumación de Francisco Franco. Su presencia en el cementerio de Mingorrubio, arropado por nostálgicos del franquismo, sirvió como recordatorio de que, para ciertos sectores, Tejero seguía siendo un referente de la «vieja guardia».
Conclusión: El legado de una sombra democrática
La muerte de Antonio Tejero a los 93 años no genera el vacío de poder que él mismo intentó provocar en 1981, sino que refuerza la solidez de una democracia que ha sobrevivido a sus amenazas más directas. El hombre que quiso detener el tiempo en el Congreso de los Diputados ha fallecido en un país radicalmente distinto al que intentó imponer, dejando tras de sí un historial de rebelión y un recordatorio constante sobre la fragilidad de las libertades civiles cuando estas no son protegidas.
