El 24 de octubre de 2019 no fue un día cualquiera para la crónica política y social de España. Lo que comenzó como un operativo estatal para dar cumplimiento a la Ley de Memoria Histórica, terminó convirtiéndose en el escenario de un reencuentro anacrónico: la figura de Antonio Tejero, protagonista del intento de golpe de Estado del 23-F, reapareciendo ante los focos en el cementerio de Mingorrubio. Este suceso marcó el cierre simbólico de un capítulo que comenzó en blanco y negro en 1975 y que, 44 años después, se retransmitía en alta definición.
El polémico regreso de Antonio Tejero a la escena pública
Mientras los restos de Francisco Franco surcaban el cielo madrileño en helicóptero, en las inmediaciones de El Pardo el ambiente se caldeaba. La llegada del ex teniente coronel Antonio Tejero actuó como un catalizador para los centenares de simpatizantes congregados. Acompañado por su hijo, el militar caminó con dificultad entre una multitud que lo vitoreaba como a un héroe de otra época. «¡Qué cojones tiene, señor Tejero!», clamaba un joven, resumiendo el sentir de un sector que veía en el golpista un último bastión de resistencia.
La tensión alcanzó su punto álgido cuando los manifestantes comenzaron a increpar a los medios de comunicación, tachándolos de «prensa manipuladora». La Policía Nacional tuvo que intervenir para gestionar la seguridad, obligando a Tejero a retirarse hacia un banco cercano para evitar que la situación derivara en un altercado mayor. Esta aparición supuso la constatación de que, para ciertos grupos, el tiempo parece haberse detenido en las estructuras del anterior régimen.
Cronología de una exhumación bajo estricta vigilancia
En el Valle de los Caídos, el procedimiento técnico fue meticuloso pero no exento de fricciones. La familia del dictador, encabezada por figuras mediáticas como Francis Franco, intentó introducir símbolos prohibidos, como la bandera preconstitucional, la cual fue interceptada por las autoridades antes de acceder a la basílica. Los trabajos de los marmoleros se extendieron más allá de lo previsto, enfrentándose a la compleja tarea de levantar una losa de granito de 1.500 kilos.
- Extracción del féretro: Los operarios utilizaron gatos hidráulicos para elevar la losa de la fosa de hormigón.
- Estado de los restos: A pesar del paso de las décadas, el ataúd de madera y zinc se mantenía estructuralmente íntegro, cubierto por la misma bandera original de 1975.
- Ritos religiosos: El entonces prior Santiago Cantera fue el encargado de bendecir los restos antes de que fueran portados a hombros por los familiares varones.
El traslado a Mingorrubio: De Cuelgamuros al helicóptero
El recorrido de 260 metros desde el altar hasta el coche fúnebre fue un desfile de simbolismo nostálgico. Los descendientes de Franco, portando el féretro adornado con un estandarte de la cruz laureada de San Fernando, rompieron el silencio del Valle con gritos de «¡Viva Franco!». Fue un traslado que buscaba dignificar, desde la perspectiva familiar, lo que el Gobierno gestionaba como una necesidad democrática.
El vuelo hacia el helipuerto de Mingorrubio duró apenas unos minutos, pero la logística posterior ralentizó la inhumación definitiva. Los familiares esperaron casi una hora para asegurar que el traslado al panteón se realizara sin riesgos para la integridad del féretro. Fue en ese recinto privado donde se produjo otro hecho significativo: la homilía fue oficiada conjuntamente por el prior Cantera y el sacerdote Tejero, hijo del militar golpista, cerrando así un círculo de lealtades que unía a ambas familias.
Reflexiones sobre un entierro en dos tiempos
La jornada concluyó cerca de las 15:30 horas, con la lectura de un comunicado por parte de la familia Martínez-Bordiú. Mientras tanto, a escasos metros del nuevo mausoleo, los seguidores del régimen rezaban el rosario protegidos por un fuerte despliegue policial. La exhumación de Franco no solo movió restos físicos, sino que removió cimientos emocionales de una España que aún procesa su historia reciente.
La presencia de Antonio Tejero en este evento no fue una coincidencia, sino un recordatorio de las sombras que aún proyecta la dictadura sobre el presente. Lo que en 1975 fue un funeral de Estado con honores militares, en 2019 se transformó en un traslado discreto, aunque rodeado de una expectación mediática sin precedentes, confirmando que la transición española sigue siendo un proceso vivo y, en ocasiones, sorprendente.
