La dirección de Vox ha activado un protocolo de defensa cerrada ante lo que califican como una maniobra de injerencia política externa. José María Figaredo, secretario general del grupo parlamentario en el Congreso, ha señalado directamente al Partido Popular como el arquitecto de una estrategia destinada a fracturar la unidad de la formación. Según la tesis sostenida por la cúpula, se estaría utilizando a antiguos referentes mediáticos para forzar un escenario de crisis que culmine en un congreso extraordinario innecesario.
La teoría de la instrumentalización externa
Para Figaredo, las recientes declaraciones de Iván Espinosa de los Monteros, solicitando una renovación en los sistemas de toma de decisiones del partido, no son una iniciativa aislada ni espontánea. El diputado por Asturias sostiene que el entorno de Génova está empleando a antiguos portavoces como altavoces para sus intereses. El objetivo final, según esta visión, sería debilitar la autonomía de Vox y colocar a una figura afín a los populares que actúe como un «títere» político.
La crítica de Figaredo se extiende al cambio de actitud de ciertos exmiembros respecto a los medios de comunicación. El portavoz económico lamenta que perfiles que antes evitaban a determinados grupos periodísticos, ahora se prodiguen en entrevistas en medios afines al PP justo antes de periodos electorales clave. Esta sobreexposición mediática es interpretada por la dirección actual como una «utilización fraudulenta» de sus siglas para generar una percepción de división interna que, aseguran, no existe en la realidad del partido.
Santiago Abascal y la narrativa del asedio
Desde la presidencia del partido, Santiago Abascal ha reforzado esta postura, insistiendo en que Vox no sufre una crisis de carácter interno, sino que es víctima de ataques externos coordinados. El líder de la formación argumenta que la hostilidad proviene de sectores que no pueden asimilar que el partido mantenga su independencia en las negociaciones de gobierno. Según Abascal, el éxito electoral y el crecimiento en el apoyo social son los disparadores de estas campañas de desestabilización.
Abascal subraya que la resistencia a plegarse a lo «políticamente correcto» y la firmeza en las investiduras han convertido a Vox en un actor incómodo para quienes desean controlar el poder sin cortapisas. Por ello, desvincula las peticiones de reforma orgánica de la voluntad de la militancia, atribuyéndolas exclusivamente a actores que ya se encuentran fuera de la disciplina de la formación y que actúan bajo la influencia de terceros partidos.
La disidencia reclama transparencia interna
En el otro lado del debate se encuentran voces como las de José Ángel Antelo, exlíder del partido en la Región de Murcia. Antelo ha defendido públicamente que la convocatoria de un congreso nacional extraordinario sería un ejercicio de higiene democrática. Para el dirigente murciano, dar voz a los afiliados no debería interpretarse como una amenaza, sino como una oportunidad para mostrar una imagen de transparencia y solidez de cara al futuro.
El sector crítico pone el foco en los métodos de gestión interna y en la falta de pluralidad en la toma de decisiones estratégicas. Antelo ha destacado varios puntos de fricción:
- La necesidad de ampliar las caras visibles del proyecto para fortalecer la implantación territorial.
- La crítica a la opacidad en los procesos de cese y expulsión de cargos públicos.
- La demanda de aplicar internamente la misma democracia directa que Vox reclama para el país mediante referéndums.
- El cuestionamiento del papel de los órganos de control interno, como el Comité de Garantías.
El horizonte de 2028: Estabilidad frente a urgencia
Pese a la presión de figuras como Antelo u Ortega Smith, la portavoz parlamentaria Pepa Millán ha sido contundente: el calendario orgánico se cumplirá estrictamente. El partido no contempla alterar su hoja de ruta, que sitúa la próxima asamblea general en el año 2028. Millán defiende que el liderazgo de Santiago Abascal goza de un respaldo masivo, visible en la movilización de las calles y en la consolidación de gobiernos regionales estables.
La estrategia de la cúpula actual pasa por ignorar el ruido mediático y centrarse en la agenda institucional. Consideran que los procedimientos reglamentarios son la única vía legítima para resolver las discrepancias y que cualquier intento de saltarse los estatutos responde a una agenda externa. Con los resultados electorales recientes como aval, Vox se prepara para un periodo de resistencia, intentando blindar su estructura interna frente a lo que perciben como una opa hostil del centroderecha tradicional.
En definitiva, el conflicto en Vox se divide entre quienes ven una necesidad urgente de apertura orgánica y quienes interpretan esas demandas como herramientas de erosión política financiadas y alentadas por su principal rival en el espectro de la derecha.









