Tomás Ramón Fernández advierte del fin del consenso

La arquitectura institucional de un país no es un mero conjunto de leyes abstractas, sino el cimiento sobre el cual se construye la prosperidad material. En un reciente encuentro académico en el Instituto de España, figuras de la talla del jurista Tomás Ramón Fernández y la economista Ana María Gil Lafuente han puesto sobre la mesa una advertencia contundente: la degradación del acuerdo político que alumbró la Constitución de 1978 está empezando a pasar factura a la salud democrática y financiera de la nación.

El valor económico de la estabilidad institucional

A diferencia de los análisis meramente legales, la catedrática Ana María Gil Lafuente sostiene que el marco constitucional debe entenderse como un activo económico de primer orden. La certidumbre que emana de una norma fundamental respetada es lo que permite atraer inversión y fomentar la competitividad internacional. Sin un entorno de seguridad jurídica, el tejido empresarial se resiente, afectando directamente a la cohesión territorial y a la capacidad de respuesta ante crisis globales.

Para la académica, la eficiencia del sistema económico español está intrínsecamente ligada a la solidez de sus instituciones. Cuando las reglas del juego se vuelven inciertas o el debate político se polariza en exceso, el país pierde tracción frente a sus competidores, convirtiendo la crisis institucional en un lastre para el desarrollo estructural y el bienestar ciudadano.

La erosión del consenso y el peso de las leyes de memoria

Por su parte, Tomás Ramón Fernández identifica un punto de inflexión preocupante en la historia reciente: la desaparición del espíritu de concordia que caracterizó a la Transición. Según el jurista, la Constitución de 1978 fue un éxito sin precedentes precisamente porque fue diseñada «para todos», sin exclusiones. Sin embargo, este equilibrio se ha visto comprometido en las últimas décadas.

Fernández apunta directamente a la legislación de carácter ideológico como motor de la división actual. En su análisis, destaca los siguientes puntos de fricción:

  • Ley de Memoria Histórica: Considerada por el jurista como el inicio de una nueva fractura social que rompió el abrazo colectivo de la Transición.
  • Ley de Memoria Democrática: Percibida como una profundización en esa brecha, alejando a los actores políticos de los puntos de encuentro necesarios para la gobernabilidad.
  • Tensiones institucionales: La pérdida de la voluntad de pacto ha derivado en un sistema debilitado que favorece la confrontación sobre la gestión eficiente.

Reformas inaplazables: Sistema electoral y Título VIII

Ante este panorama, el experto constitucionalista propone cambios específicos para actualizar el texto de 1978 a las necesidades del siglo XXI. No se trata de una enmienda a la totalidad, sino de ajustes quirúrgicos para evitar el bloqueo del Estado. El primer foco de atención es el sistema electoral regulado en el artículo 68.

Para Fernández, resulta imperativo revisar cómo se configuran las mayorías parlamentarias. El modelo actual permite que grupos minoritarios tengan una capacidad de decisión desproporcionada sobre los asuntos nacionales, algo que, a su juicio, carece de lógica democrática y distorsiona la voluntad general del electorado.

El segundo gran eje de reforma es el Título VIII, referente a la organización territorial. El jurista aboga por una doble acción en este apartado:

  • Definición del modelo de Estado: Incorporar de forma clara lo que en su momento se dejó abierto por falta de acuerdo, cerrando así la incertidumbre sobre las competencias autonómicas.
  • Limpieza normativa: Eliminar preceptos que hoy carecen de utilidad práctica y pertenecen más a la historia del Derecho que a una normativa vigente y ágil.

Hacia un futuro de renovación constitucional

La conclusión de este análisis conjunto subraya una realidad incómoda: el sistema que ha garantizado décadas de paz y crecimiento necesita una actualización valiente. Sin embargo, para que cualquier reforma sea exitosa, es fundamental recuperar el consenso social. La lección de los académicos es clara: la estabilidad no es un estado permanente, sino un equilibrio delicado que requiere de una voluntad política firme para no sucumbir a la fragmentación y al estancamiento económico.