Fernando Savater analiza los riesgos del nacionalismo

La primacía de la ley frente al mito de la pertenencia

El pensamiento de Fernando Savater ha sido, durante décadas, un bastión de defensa de la ciudadanía universal frente a las corrientes que priorizan la identidad colectiva sobre los derechos individuales. Para el filósofo donostiarra, el nacionalismo no representa una evolución política, sino un retroceso hacia formas de organización tribales. Su análisis sugiere que, mientras la democracia se fundamenta en leyes racionales y abstractas que nos igualan, el nacionalismo se nutre de sentimientos de exclusión y de la supuesta superioridad de un «nosotros» definido por la tierra o la lengua.

Savater argumenta que la esencia de la libertad política reside en la capacidad del individuo para desprenderse de sus raíces biológicas o geográficas y actuar como un sujeto con derechos y deberes. Cuando el Estado se convierte en el guardián de una identidad cultural específica, se pone en riesgo la neutralidad institucional necesaria para que convivan personas con distintas visiones del mundo. La democracia, según este análisis, no debería ser una herramienta para preservar esencias nacionales, sino un marco para garantizar la convivencia entre iguales.

Los riesgos estructurales de la fragmentación identitaria

En su análisis sobre los riesgos contemporáneos, Savater destaca cómo el nacionalismo opera como una fuerza centrífuga que debilita las estructuras del Estado de derecho. Al anteponer los supuestos derechos de los territorios sobre los derechos de las personas, se crea una jerarquía de ciudadanía que es intrínsecamente antidemocrática. Este fenómeno no es exclusivo de una región, sino una tendencia global que busca refugio en lo particular ante la incertidumbre de la globalización.

  • Erosión de la solidaridad: El nacionalismo tiende a limitar la responsabilidad social a quienes comparten la misma identidad, rompiendo los esquemas de redistribución universal.
  • Revisionismo histórico: La creación de mitos fundacionales que justifican privilegios actuales a través de una interpretación sesgada del pasado.
  • Polarización social: La construcción de un enemigo externo o interno como mecanismo necesario para cohesionar al grupo nacionalista.
  • Debilitamiento institucional: El uso de los recursos públicos para la promoción de una ideología identitaria en lugar de la gestión del bien común.

El nacionalismo como sustituto de la fe secular

Uno de los puntos más agudos de la crítica de Savater es la caracterización del nacionalismo como una religión laica. En sociedades donde los referentes tradicionales han perdido fuerza, la pertenencia a una nación ofrece un consuelo emocional y una sensación de propósito trascendental. Sin embargo, esta «fe» política suele ser refractaria al debate racional, ya que cualquier crítica al dogma nacionalista es interpretada como un ataque a la propia esencia del individuo.

Esta carga emocional dificulta la resolución de conflictos mediante el diálogo parlamentario. Cuando la política se traslada del campo de la gestión de intereses al campo de los sentimientos, el compromiso y la negociación se vuelven imposibles. Savater advierte que una sociedad que sacrifica la razón en el altar de la identidad nacional está condenada a la inestabilidad permanente, ya que los sentimientos no pueden ser legislados ni arbitrados objetivamente.

Hacia un patriotismo constitucional y cívico

Frente a la deriva identitaria, la propuesta que se desprende del pensamiento de Savater es la recuperación de un patriotismo constitucional. Este concepto no se basa en el amor a una bandera o a un paisaje, sino en la lealtad a un conjunto de normas que garantizan la libertad individual y la justicia social. Es un patriotismo de ciudadanos, no de creyentes, donde lo que nos une no es el origen, sino el proyecto compartido de respetar la ley.

En conclusión, el análisis de Savater sobre el nacionalismo nos invita a reflexionar sobre la fragilidad de nuestras conquistas democráticas. La convivencia pacífica depende de nuestra capacidad para recordar que somos ciudadanos antes que miembros de cualquier tribu. Defender la soberanía nacional como la soberanía del conjunto de los ciudadanos es, en última instancia, la única garantía frente a los autoritarismos que siempre acechan bajo el disfraz de la identidad colectiva.