Los entresijos de la política exterior española suelen estar marcados por reuniones que nunca aparecen en las agendas oficiales. Recientemente, el exministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, ha arrojado luz sobre uno de estos episodios críticos: el encuentro privado entre el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero y el que fuera líder de Ciudadanos, Albert Rivera. Este acercamiento, orquestado en la sombra, tenía como telón de fondo una convulsa Venezuela y los riesgos personales que corría Rivera al visitar el país caribeño.
Un escudo diplomático frente a las amenazas del chavismo
La decisión de Margallo de propiciar esta cita no fue una cortesía política, sino una medida de seguridad nacional y personal. Según ha relatado el exministro, la inteligencia diplomática manejaba informes preocupantes sobre las intenciones de Caracas. Diosdado Cabello, una de las figuras más poderosas del régimen de Nicolás Maduro, ya había lanzado advertencias directas sobre la posible detención y expulsión de Rivera nada más aterrizar en suelo venezolano.
Ante este escenario, Margallo diseñó una estrategia de «corresponsabilidad». Al sentar a Zapatero —quien ya ejercía una mediación cercana al chavismo— frente a Rivera, el entonces ministro buscaba que el expresidente socialista fuera consciente del peligro real. De esta manera, si Rivera sufría cualquier percance en Venezuela, Zapatero no podría eludir su responsabilidad política y moral, dado que estaba al tanto de las amenazas que pesaban sobre el líder naranja.
El polémico desayuno en el domicilio de Margallo
El escenario elegido para esta inusual cumbre fue la propia casa de García-Margallo. Albert Rivera ha recordado en intervenciones recientes cómo el expresidente Zapatero fue rotundo en su petición: debía suspender su viaje a Caracas. El argumento utilizado por Zapatero fue que la presencia de Rivera en Venezuela solo serviría para «entorpecer» unas gestiones de altísimo nivel que, supuestamente, estaban beneficiando tanto a los intereses españoles como a la estabilidad del país latinoamericano.
- Advertencia de detención: El Gobierno español temía un incidente internacional si Rivera era arrestado por el chavismo.
- Mediación paralela: Zapatero insistía en que su labor silenciosa era la única vía efectiva de diálogo.
- Protección consular: Margallo llegó a ordenar al embajador español que regresara a Caracas para garantizar el alojamiento de Rivera en la embajada como medida de protección.
El pulso por el control de la representación oficial en Venezuela
Más allá de la seguridad de Rivera, las declaraciones de Margallo destapan una lucha de poder sobre quién debía llevar la voz cantante en la relación con Iberoamérica. El exministro popular ha desvelado que Zapatero solicitó un cargo de relevancia formal para actuar en Venezuela bajo el paraguas del Gobierno o de la Unión Europea, una petición que fue denegada tajantemente por el Ministerio de Exteriores.
La tensión escaló cuando, según Margallo, Zapatero intentó obtener dicho reconocimiento a través de Federica Mogherini, en aquel entonces Alta Representante de la UE. La respuesta de Margallo fue un veto preventivo: advirtió de que, si el nombre de Zapatero llegaba al Consejo de Exteriores de la Unión para representar oficialmente a Europa en Venezuela, él mismo se encargaría de bloquearlo. Finalmente, el expresidente tuvo que continuar sus labores de mediación de forma estrictamente privada y personal, sin el aval de las instituciones españolas o europeas.
Reflexiones sobre una diplomacia de riesgos
Este episodio ilustra cómo la política exterior española se ha visto a menudo fracturada por las visiones opuestas sobre cómo tratar con regímenes autoritarios. Mientras Margallo apostaba por la firmeza institucional y la protección de los representantes democráticos, Zapatero prefería una vía de influencia informal que, en ocasiones, colisionaba con los planes del propio Gobierno. La revelación de estos detalles, años después, confirma que la crisis de Venezuela no solo se jugaba en las calles de Caracas, sino también en desayunos privados y despachos europeos donde la seguridad y el prestigio estaban en juego.
