La Cámara Alta se convirtió recientemente en el escenario de una profunda fractura institucional. En un acto cargado de simbolismo y reivindicación territorial, el Senado otorgó su máxima distinción, la Medalla de Oro, a las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. Sin embargo, el evento estuvo marcado por una ausencia política de gran calado: el PSOE declinó asistir al reconocimiento, dejando vacíos sus asientos en el antiguo salón de plenos mientras los líderes de las ciudades autónomas alzaban la voz contra la política exterior y migratoria del Ejecutivo central.
Un reconocimiento marcado por el vacío del bloque gubernamental
El acto no solo buscaba honrar la trayectoria de las dos ciudades españolas en el norte de África, sino que sirvió como altavoz para denunciar lo que los presidentes autonómicos consideran una desatención sistemática por parte del Estado. Mientras figuras como Alberto Núñez Feijóo y otros altos cargos del Partido Popular respaldaban presencialmente a Juan Jesús Vivas y Juan José Imbroda, el partido del Gobierno optó por el silencio institucional mediante su incomparecencia.
Esta decisión ha sido interpretada como un síntoma de la tensión existente entre la gestión de la Moncloa y las necesidades urgentes que atraviesan estos enclaves estratégicos, especialmente en lo relativo al control fronterizo y la presión migratoria.
Ceuta: El grito de auxilio ante una emergencia crónica
Juan Jesús Vivas, presidente de Ceuta, ofreció un discurso que huyó de la complacencia. El líder ceutí describió una realidad cruda donde la normalidad ha sido sustituida por una «crónica de sucesos» permanente. Para Vivas, la estabilidad de la ciudad no es solo una cuestión local, sino un pilar fundamental de la soberanía nacional que, a su juicio, ha sido descuidado.
- Exigencia de una presencia estatal robusta y constante en el territorio.
- Necesidad de implementar fronteras que actúen como un verdadero blindaje institucional.
- Reivindicación de unas relaciones con Marruecos que prioricen el respeto mutuo y la reciprocidad.
Vivas enfatizó que los episodios críticos vividos en la frontera podrían haberse gestionado de otra forma si el Estado hubiera actuado con la diligencia necesaria, poniendo a disposición todos los recursos de los que dispone la nación para proteger su integridad territorial.
Melilla y la crítica frontal a la política exterior
Por su parte, Juan José Imbroda, presidente de Melilla, aportó una visión emocional pero política a la vez. Tras más de dos décadas vinculado a la Cámara Alta, Imbroda cuestionó la supuesta «deuda» o el complejo de inferioridad que parece mostrar España ante su vecino del sur. Para el mandatario melillense, lo ocurrido en los últimos años representa uno de los mayores retrocesos en la historia democrática del país en materia de seguridad fronteriza.
Imbroda calificó de «sainete» la comunicación entre el Gobierno y las autoridades locales durante los momentos de crisis, criticando una supuesta frivolidad e irresponsabilidad en la toma de decisiones. Además, hizo un llamamiento a normalizar las visitas institucionales de alto nivel, como las de la Familia Real, para que dejen de ser vistas como hechos excepcionales y pasen a ser parte de la rutina de un territorio que es plenamente España.
El Senado como último reducto de apoyo institucional
El presidente del Senado, Pedro Rollán, cerró el acto con un respaldo contundente a ambos presidentes. Rollán no escatimó en críticas hacia el Gobierno de Pedro Sánchez, al que acusó de hacer «caso omiso» a los desafíos que enfrentan ambas ciudades. En su intervención, destacó la figura de Vivas e Imbroda como líderes que han preferido la primera línea de fuego a la comodidad del descanso en los momentos de mayor tensión social y migratoria.
El acto concluyó con una idea compartida por los presentes: Ceuta y Melilla no solo necesitan medallas y honores, sino un compromiso incondicional que se traduzca en hechos, recursos y una defensa férrea de sus fronteras, independientemente del color político que ocupe el Ejecutivo central. La ausencia del PSOE, en este contexto, queda como un recordatorio de la profunda división que suscita la estrategia fronteriza española en la actualidad.
