Durante la década de los 80, en un contexto de modernización militar y búsqueda de autonomía estratégica, España se sumergió en uno de sus proyectos más enigmáticos: la creación de una bomba explosiva de aire-combustible (BEAC). Este artefacto, diseñado para liberar una energía devastadora mediante una nube de combustible que se detona tras dispersarse, situó a la industria de defensa nacional en la vanguardia tecnológica de la época. Sin embargo, el secretismo que rodeó al programa ha dejado más interrogantes que certezas sobre la capacidad real que alcanzó el Ejército del Aire y el destino final de aquellos prototipos.
El escenario chileno: Ensayos bajo el sol de Atacama
Uno de los episodios más controvertidos de este desarrollo tuvo lugar lejos de las fronteras españolas. Diversas investigaciones y reportes de inteligencia internacional, incluidos documentos recopilados por organismos estadounidenses, señalaron que el desierto de Atacama sirvió como laboratorio para las pruebas de estas armas termobáricas. A mediados de 1990, se registraron detonaciones estáticas en zonas como Iquique y Alto Hospicio, donde técnicos vinculados a empresas españolas colaboraron estrechamente con industrias locales chilenas.
Estos ensayos no solo buscaban medir la onda expansiva, sino también la compatibilidad del armamento con aeronaves de fabricación española. Se ha documentado que los aviones CASA C-101 Aviojet, operados por la Fuerza Aérea de Chile, fueron utilizados como plataforma de lanzamiento para evaluar el comportamiento balístico de la BEAC. Aquellas pruebas generaron una fuerte preocupación diplomática en países vecinos, especialmente en Perú, ante la posibilidad de que Chile incorporase una tecnología que entonces se calificaba erróneamente en la prensa como «mini bombas atómicas» por su inusual capacidad destructiva.
Financiación y consorcio industrial del proyecto BEAC
El impulso económico del proyecto fue notable para la época. Bajo la supervisión de la Dirección General de Armamento y Material (DGAM), el Ministerio de Defensa destinó partidas presupuestarias que sumaron cerca de 99 millones de pesetas entre 1984 y 1985. Estos fondos se dividieron entre el desarrollo del cuerpo del explosivo y la sofisticada tecnología de su espoleta, un componente crítico para garantizar que la ignición ocurriera en el momento preciso de máxima dispersión del combustible.
La ejecución técnica recayó principalmente en Expal (Explosivos Alaveses), una compañía que entonces formaba parte del potente grupo Explosivos Río Tinto. Aunque la empresa reconoció su participación en el programa, siempre mantuvo un perfil bajo, insistiendo en que se trataba de armamento convencional. La arquitectura de la BEAC española buscaba replicar el éxito de potencias como Estados Unidos o la Unión Soviética, que ya habían demostrado la eficacia de estas armas en conflictos previos para despejar campos de minas o destruir estructuras reforzadas.
El muro de silencio en las instituciones españolas
A pesar de las evidencias sobre el desarrollo y las pruebas, la versión oficial en España siempre fue esquiva. Durante la década de los 90, diversas preguntas parlamentarias intentaron arrojar luz sobre si los cazas F-18A o los Harrier de la Armada llegarían a portar este armamento. La respuesta del Gobierno fue sistemáticamente negativa. Ministros y secretarios de Estado de diferentes legislaturas negaron de forma tajante cualquier plan de adquisición o dotación operativa de estas bombas para las Fuerzas Armadas.
- 1993: El Ministerio de Defensa desmiente programas de compra para los F-18.
- 1997: Se descarta oficialmente cualquier integración en la flota de la Armada.
- 2005: El Ejecutivo confirma la inexistencia de líneas de investigación activas sobre tecnología BEAC.
Esta desconexión entre los fondos invertidos en los 80 y la negativa a reconocer su uso posterior plantea un dilema: o bien los prototipos no cumplieron con las expectativas técnicas, o bien el programa se mantuvo en una clandestinidad administrativa por motivos de seguridad nacional o presiones internacionales.
Contexto global: La carrera por el poder termobárico
España no estuvo sola en este interés. Las armas de aire-combustible representan un peldaño superior en la letalidad no nuclear. Mientras Rusia ha perfeccionado sistemas como el TOS-1A y Estados Unidos ha desplegado artefactos masivos como la MOAB, otros países como India, China y Ucrania han mantenido sus propios programas activos. La ventaja estratégica de estas municiones es su capacidad para penetrar en túneles y búnkeres mediante la sobrepresión, un efecto que las bombas convencionales de fragmentación no logran con la misma eficiencia.
El legado de Expal y la adquisición por Rheinmetall
El rastro de la tecnología BEAC española se ha vuelto aún más difuso tras los recientes movimientos en la industria de defensa. En 2023, el gigante alemán Rheinmetall adquirió Expal Systems por una cifra cercana a los 1.200 millones de euros. Esta operación supuso el traspaso de décadas de conocimiento en fabricación de municiones y explosivos de alto rendimiento.
Actualmente, bajo la marca Rheinmetall Expal Munitions, la empresa sigue siendo un pilar de la producción militar en Europa. Sin embargo, no se ha aclarado si los planos, estudios y patentes derivados del antiguo proyecto BEAC formaron parte de los activos transferidos o si permanecen custodiados por el Estado español. La desaparición de este programa de la agenda pública deja una crónica incompleta sobre el intento de España por poseer un «arma absoluta» en el ocaso de la Guerra Fría.
