La narrativa oficial sobre el fin del terrorismo en España se enfrenta periódicamente a voces críticas que ponen en duda la veracidad de la derrota de ETA tal como se ha relatado. Uno de los perfiles más contundentes en esta impugnación es Jaime Mayor Oreja, exministro del Interior, quien sostiene con firmeza que la gestión de José Luis Rodríguez Zapatero no supuso el fin de la organización, sino una transformación estratégica consensuada.
El mito de la derrota policial frente a la realidad política
Para Mayor Oreja, el cese de la actividad armada de ETA no fue el resultado de una capitulación incondicional forzada por el Estado de derecho, sino el fruto de un proceso de negociación que permitió a la estructura terrorista sobrevivir bajo una nueva fachada. Según el exministro, lo que se vendió como una victoria de la democracia fue en realidad la implementación de un proyecto que permitía a los herederos de la banda acceder a las instituciones.
El análisis de Mayor Oreja se centra en varios pilares que contradicen la versión gubernamental de aquella época:
- La supervivencia del proyecto político de la banda a través de coaliciones legales.
- La existencia de una hoja de ruta compartida que habría comenzado en las reuniones de Loyola y Ginebra.
- El desplazamiento de las víctimas del terrorismo del centro del debate político en favor de una «paz» negociada.
- La legitimación de actores que, según su visión, nunca han condenado explícitamente el historial criminal de la organización.
La transformación de ETA en actor institucional
Uno de los puntos más polémicos de las declaraciones de Mayor Oreja es su insistencia en que el Gobierno de Zapatero facilitó la transición de los objetivos de ETA hacia el ámbito administrativo y parlamentario. Desde esta perspectiva, no se habría producido una derrota, sino un cambio de herramientas: de las pistolas a las actas de diputado. El exministro argumenta que el debilitamiento de la unidad nacional es una consecuencia directa de aquellos acuerdos ocultos.
Esta postura subraya que la presencia actual de fuerzas políticas vinculadas al antiguo brazo político de ETA en el Congreso de los Diputados es la prueba fehaciente de que el entramado terrorista logró sus objetivos de permanencia y relevancia. Según Mayor Oreja, el relato de la derrota es una construcción necesaria para justificar las cesiones realizadas durante aquellos años de diálogo.
Un relato enfrentado: ¿Paz o rendición?
El debate propuesto por el veterano político no solo afecta a la memoria histórica de España, sino que impacta directamente en la actualidad política. Mientras los defensores de la gestión de Zapatero celebran el fin de los atentados como el mayor logro de su mandato, los críticos como Mayor Oreja advierten sobre el precio pagado: una erosión de los valores constitucionales y un fortalecimiento del independentismo radical.
La controversia reside en si es posible hablar de victoria cuando el adversario no solo no ha desaparecido, sino que ha pasado a ser una pieza clave en la gobernabilidad del Estado. Para Mayor Oreja, la verdadera derrota de ETA habría pasado por su disolución total y el arrepentimiento público, algo que, según él, fue sacrificado por el Ejecutivo socialista para colgarse la medalla de la paz.
Consecuencias a largo plazo de la visión de Mayor Oreja
Al cuestionar la legitimidad de la «paz de Zapatero», se pone sobre la mesa una profunda división en la sociedad española respecto a cómo gestionar el legado del terrorismo. Mayor Oreja insiste en que ignorar la naturaleza de este pacto político conlleva el riesgo de que el proyecto rupturista de ETA acabe triunfando por vías legales, algo que considera una traición al sacrificio de las víctimas y a la firmeza que mostró el Estado durante décadas.
En conclusión, el desmentido de Mayor Oreja no es solo una crítica al pasado, sino una advertencia sobre el presente. Su visión desafía la hegemonía de un relato que considera falso y peligroso, invitando a una reflexión profunda sobre si la ausencia de violencia es, por sí sola, garantía suficiente de una victoria democrática real o si, por el contrario, nos encontramos ante una victoria por etapas del proyecto totalitario que ETA inició hace más de medio siglo.
