Muere Javier Calderón, último director del Cesid antes del CNI

La historia de la inteligencia española cierra un capítulo fundamental con el fallecimiento de Javier Calderón Fernández a los 95 años. El teniente general, que estuvo al frente del Centro Superior de Información de la Defensa (Cesid) entre 1996 y 2001, representó el último eslabón de una estirpe militar en el mando del espionaje antes de la modernización que dio paso al actual CNI.

El puente entre el espionaje militar y la estructura civil

Nacido en Dosbarrios en 1931, Calderón no fue un director más. Su trayectoria estuvo intrínsecamente ligada a la evolución democrática de España. Tras curtirse en tareas de contrainteligencia desde 1971, su ascenso definitivo llegó de la mano de José María Aznar. Sin embargo, su verdadero legado reside en haber sido el encargado de gestionar la transición hacia un modelo civil, entregando finalmente el testigo a Jorge Dezcallar.

Su mando estuvo condicionado por un mandato de regeneración institucional. Tras los escándalos de las escuchas ilegales y la «guerra sucia» del felipismo, el Gobierno de Aznar buscaba una limpieza profunda. No obstante, este proceso de profesionalización no estuvo exento de críticas, pues muchos vieron en sus reformas una forma encubierta de saldar deudas del pasado.

La polémica reforma interna: ¿limpieza o ajuste de cuentas?

Durante su gestión, Calderón impulsó una evaluación de idoneidad que afectó a más de 2.000 agentes. Aunque la gran mayoría superó el corte, 28 funcionarios fueron declarados no idóneos. Este movimiento provocó un cisma interno, especialmente por la expulsión de agentes de alto nivel como Diego Camacho y Juan Rando.

  • Profesionalización: Se buscaba un perfil más técnico y menos vinculado a las estructuras de la Transición.
  • Resistencia interna: Los agentes expulsados acusaron a Calderón de ejecutar una venganza personal.
  • Conflicto mediático: Las revelaciones de los cesados pusieron el foco en las actuaciones del servicio durante el 23-F.

La sombra del intento de golpe de Estado de 1981 fue una constante en la vida de Calderón. Al regresar a la dirección del servicio en 1996, una de sus primeras acciones fue revisar los archivos reservados sobre aquella jornada. La defensa a ultranza de su colega José Luis Cortina, absuelto tras un año de prisión, marcó su relación con los subordinados que años atrás habían denunciado la implicación de la unidad operativa en la asonada.

Los secretos del archivo y la desclasificación reciente

Bajo su dirección, el archivo del Cesid se convirtió en un búnker de secretos. Críticos y analistas han señalado durante años la desaparición de documentos clave sobre el 23-F durante su mandato. Esta sospecha cobró fuerza recientemente cuando, al desclasificarse informes del 45º aniversario, se descubrió que el actual CNI poseía una información fragmentada y, en algunos casos, incompleta.

Los datos ahora conocidos confirman que miembros de la Agrupación Operativa de Misiones Especiales (AOME) no solo conocían los planes golpistas, sino que activaron maniobras de distracción y apoyo. El papel de Calderón como secretario general en aquel 1981 sigue siendo objeto de análisis historiográfico, especialmente tras saberse que se protegieron coartadas de agentes que vigilaron las inmediaciones del Congreso.

Un legado de luces y sombras en la inteligencia española

La figura de Javier Calderón personifica la complejidad de la Transición Española dentro de los servicios secretos. Si bien logró estabilizar la institución tras los escándalos de los años 90 y preparó el terreno para la creación del CNI en 2002, su incapacidad para desligarse de los fantasmas del 23-F dejó una herida abierta en la comunidad de inteligencia.

Hoy, su partida representa el adiós al último gran general que dirigió a los espías españoles. Su mandato recordó que la inteligencia de Estado siempre camina por una delgada línea entre la seguridad nacional y la transparencia democrática, un equilibrio que él defendió desde una perspectiva castrense en un mundo que ya empezaba a demandar perfiles puramente civiles.