La gestión de la catástrofe meteorológica que asoló Valencia el pasado 29 de octubre sigue arrojando sombras sobre la coordinación de los altos mandos. En una reciente comparecencia ante la comisión de investigación del Senado, el jefe superior de la Policía Nacional en la Comunidad Valenciana, Carlos Gajero, ha ofrecido un testimonio que revela una desconexión profunda entre la realidad que se vivía en las calles y la percepción en las esferas de mando. Según sus propias palabras, la verdadera magnitud de la tragedia no llegó a su conocimiento hasta bien entrada la madrugada del día siguiente.
La brecha temporal: Una respuesta que llegó seis horas tarde
El dato más impactante de la intervención de Gajero fue el reconocimiento de que no fue consciente de la gravedad de la situación hasta aproximadamente las 05:30 de la mañana del 30 de octubre. Para ese momento, la riada ya había devastado decenas de municipios y la cifra de víctimas mortales comenzaba a escalar trágicamente. El mando policial sostuvo que, durante la tarde y la noche del día 29, los flujos de información que recibía no le permitieron anticipar el colapso que se estaba produciendo.
Esta falta de información operativa en tiempo real resulta difícil de digerir para muchos sectores, dado que múltiples instituciones ya habían activado protocolos de emergencia o suspendido actividades horas antes. Gajero insistió en que no tuvo reportes sobre desapariciones ni víctimas confirmadas hasta que la situación ya era irreversible, lo que plantea serios interrogantes sobre la eficiencia de los canales de comunicación interna entre la Delegación del Gobierno y las fuerzas de seguridad.
El polémico traslado a Madrid bajo alerta roja
Otro de los ejes centrales del interrogatorio fue el desplazamiento de Gajero a Madrid el mismo día 29 de octubre, coincidiendo con la activación de la alerta roja por lluvias extremas. A pesar de los avisos meteorológicos, el jefe superior decidió abandonar la comunidad autónoma para asistir a una reunión de carácter operativo programada para el día siguiente en la capital.
La defensa de Gajero se basó en los siguientes puntos para justificar su ausencia física en el epicentro de la crisis:
- La estructura jerárquica de la Policía Nacional seguía activa bajo el mando del comisario provincial y el jefe regional de operaciones.
- Informó previamente a la delegada del Gobierno sobre su viaje, sin que esta pusiera objeciones ni solicitara su presencia en las reuniones de emergencia locales.
- Consideró que su asistencia telemática no era prioritaria frente a la presencia física de sus subordinados directos en el terreno.
- Aseguró que, de haber tenido un pronóstico certero de la catástrofe, nunca habría abandonado Valencia.
Ausencia de protocolos preventivos específicos
Durante la sesión parlamentaria, se puso de manifiesto que la Jefatura Superior de Policía no convocó reuniones de planificación preventiva en los días previos (27 y 28 de octubre) ni durante la mañana del fatídico día 29. Gajero argumentó que su institución es un cuerpo de seguridad y no de emergencias, trazando una línea divisoria entre el servicio ordinario y las labores de rescate que corresponden a otros organismos.
Esta visión ha generado un intenso debate sobre la proactividad necesaria en altos cargos ante fenómenos de riesgo extremo. La comparecencia concluyó con la admisión de que la Policía mantuvo su operatividad habitual, esperando a que se activaran los mecanismos de coordinación externos en lugar de anticipar un despliegue extraordinario basado en las previsiones de la AEMET.
Conclusión: La responsabilidad bajo el foco del Senado
La declaración de Carlos Gajero deja un escenario de dudas sobre la cadena de mando y la capacidad de reacción ante desastres naturales de gran escala. El hecho de que el máximo responsable policial de la región regresara a Valencia cuando las consecuencias ya eran visibles subraya la necesidad de revisar los criterios de movilidad y presencialidad de los altos cargos durante alertas de nivel máximo. La tragedia de la DANA no solo ha dejado heridas humanas y materiales, sino que ahora obliga a una profunda reflexión sobre cómo se procesa la información de crisis en la administración del Estado.









